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Visita a la cueva + cata de vinos

Tarifa profesional: 35€

La experiencia incluye

  • Visita a la bodega subterránea y al antiguo lago o depósito de piedra.
  • Contexto histórico del calado, con más de tres siglos de historia, y explicación de su papel en la conservación, la crianza y la evolución del vino.
  • Cata comentada de 4 vinos premium, que podrán ir rotando según disponibilidad. Aperitivo acompañado durante la cata.

La cata se realizará en el espacio de la bodega que el cliente elija, ya sea en la planta baja, la planta superior o en la terraza, siempre que la disponibilidad del espacio y las condiciones climatológicas lo permitan.

Duración

Duración orientativa: 60–90 minutos.

CONDICIONES

  • Tarifa profesional facturada por persona.
  • Reserva previa obligatoria.

Durante la visita, los clientes podrán abrir botellas adicionales si lo desean y adquirir vinos en tienda, de forma independiente a la cata incluida.

Visita privada + cata barricas

Tarifa profesional: 77€

La experiencia incluye

  • Acceso privado a la zona de barricas situada dentro del calado histórico.
  • Cata directa desde barrica de vinos en evolución, algunos de ellos todavía no embotellados y accesibles únicamente dentro de la bodega.
  • Selección de vinos y muestras que cambian continuamente según el momento del año, la evolución de la barrica y el criterio del enólogo.
  • Posibilidad de comparar distintas variedades, añadas, fincas, tipos de barrica y enfoques de elaboración para comprender cómo influyen el terroir, el tiempo y las decisiones enológicas en el vino final.
  • Conversación abierta con el enólogo sobre evolución, crianza, viticultura, filosofía del proyecto y diversidad de Rioja, adaptando la experiencia al interés y el nivel de cada visitante.
  • Experiencia completamente privada de 7 vinos exclusivos, sin otros visitantes durante la cata.
  • Selección aperitivo acompañando la experiencia.

Una experiencia privada y exclusiva dentro de la cueva donde envejecen los vino del proyecto, pensada para quienes quieren entrar en el proceso real de creación y evolución del vino.

Duración

Duración orientativa: 90–120 minutos.

CONDICIONES

  • Experiencia exclusiva, sin otros visitantes en la bodega.
  • Tarifa profesional facturada por persona.
  • Reserva previa obligatoria.

Haz tu reserva

Las visitas están sujetas a disponibilidad y se realizan siempre con reserva previa.

Un adelanto de cómo es la cueva

Nos encontramos en un calado subterráneo excavado en los albores del siglos XVI, cuando el vino se elaboraba y se conservaba bajo tierra, aprovechando unas condiciones naturales que hoy siguen siendo difíciles de reproducir de forma artificial. Temperatura constante, humedad estable y ausencia de luz. No es una decisión estética: es pura funcionalidad.

Este calado no es habitual por sus dimensiones. Excavar bajo tierra era un trabajo extremadamente lento y costoso, por lo que estos espacios solían ser ajustados y muy contenidos. Sin embargo, aquí el volumen es amplio y, al fondo, la bóveda se eleva a más de cuatro metros de altura. La sensación es la de un gran salón subterráneo, algo poco común para la época.

El cierre del calado está realizado en piedra de sillería cuidadosamente trabajada. Según la creencia popular transmitida por los vecinos más mayores, este túnel continuaba más allá. La hipótesis se apoya en un hecho histórico: justo encima se situaba un castillo, y se cree que este calado pudo haber funcionado como una entrada o salida secundaria, incluso de emergencia. La altura del fondo permitiría, según esta tradición oral, salir a caballo. No existe documentación que lo confirme, pero la idea forma parte de la memoria del lugar.

Hay otro detalle especialmente revelador:
si os fijáis, el fondo del calado presenta menos moho que el resto de la cueva, a pesar de encontrarse a muchos metros de la pequeña ventilación visible. Eso indica que, de algún modo, el aire circula. En algún punto entre los muros de sillería entra un resquicio de ventilación natural que mantiene esta zona especialmente sana y estable.

No sabemos exactamente por dónde, pero el calado respira.
Y eso explica muchas cosas.

Este equilibrio natural —silencio, oscuridad, humedad y una ventilación casi imperceptible— es precisamente lo que hace de este lugar un espacio excepcional para la crianza y la guarda de vinos durante largos periodos de tiempo. Aquí el tiempo no avanza al mismo ritmo que fuera. Aquí los vinos pueden esperar.

Hay lugares que se descubren.
Y hay lugares que te eligen.

Cuando tuve la oportunidad de adquirir este edificio, su destino parecía otro muy distinto. La intención era clara: demolerlo para levantar una casa nueva, grande, aprovechando la cimentación existente y el vacío del calado. Una operación lógica desde un punto de vista inmobiliario. Irreversible desde el punto de vista del lugar.

Para mí fue un shock. No tanto por el edificio en sí, sino por lo que escondía debajo y por todo lo que representaba. Un calado de estas características no se construye hoy. Y, una vez desaparece, no se recupera jamás.

En ese momento lo tuve claro. No podía permitir que este sitio se perdiera. No para convertirlo en algo distinto, sino precisamente para devolverle su sentido. Comprar este edificio no fue una decisión impulsiva ni romántica. Fue una decisión consciente, meditada, casi inevitable.

Este proyecto no nace de una idea abstracta, sino de una base física muy concreta: este calado, este volumen, esta manera de entender el tiempo. A partir de aquí todo encajaba. El edificio, la bodega, la forma de elaborar vino y, sobre todo, la forma de vivirlo.

No se trataba de hacer una bodega más, ni siquiera una bodega pequeña. Se trataba de crear un espacio coherente con una manera de entender el vino que llevaba muchos años madurando. Un lugar donde el continente no condicionara el contenido, sino que lo acompañara.

Comprar esta casa fue el primer paso para dar forma a una visión que llevaba tiempo esperando el sitio adecuado.

Y este, sencillamente, lo era.

La rehabilitación de este edificio no fue una reacción inmediata, sino un proceso largo y muy pensado. La casa se había comprado años antes y, durante todo ese tiempo, el proyecto se fue definiendo con calma, casi en silencio. No había prisa. Había una idea clara de hacia dónde debía ir.

La intervención se planteó por fases. Primero la planta baja, el arco, el calado y las antiguas cuadras: el núcleo histórico del conjunto. Después, las plantas superiores, trabajando siempre con el mismo criterio. No se trataba de añadir, sino de quitar. De eliminar capas acumuladas con el paso del tiempo que habían fragmentado el espacio y ocultado la estructura original.

El objetivo nunca fue embellecer el edificio ni devolverlo a un supuesto estado ideal. El objetivo era recuperar su lógica. Dejar que la piedra, la madera y los volúmenes originales volvieran a hablar. Por eso se respetaron todos los materiales nobles siempre que fue posible y, cuando hubo que introducir elementos nuevos, se hizo de forma honesta, sin intentar imitar lo antiguo.

Lo nuevo se reconoce a simple vista. No compite con lo antiguo, convive con ello. Un ejemplo claro es la escalera de caracol en acero inoxidable, que sustituye a unas escaleras muy deterioradas. Es un elemento contemporáneo, sin complejos, que dialoga con la piedra y recuerda que este lugar, aunque tenga siglos de historia, sigue vivo y en uso.

La obra no estuvo exenta de sorpresas, como ocurre siempre en edificios antiguos. Pero fueron sorpresas que confirmaron que la lectura inicial era correcta. La estructura original respondía. El edificio, a pesar del abandono, tenía ganas de seguir en pie.Unas de esas gratas sorpresas fue encontrar enterrado el antiguo usillo de la prensa de madera con unos 300 años de antigüedad, así como una pistola datada de la 1º guerra Carlista que sufrió esta zona, así como algunas monedas antiguas.

Más que una rehabilitación, fue un ejercicio de respeto. Un proceso para devolver al edificio su esencia y prepararlo para una nueva etapa, sin forzarlo y sin disfrazarlo. Lo justo para que pudiera seguir cumpliendo su función durante muchos años más.

Aquí la obra no marca el carácter del proyecto.
Simplemente crea el espacio para que todo lo demás pueda suceder.

Durante muchos años mi trabajo estuvo ligado a dirigir bodegas, algunas de ellas de gran tamaño. Gestión, equipos amplios, decisiones constantes y una enorme responsabilidad técnica. Fue una etapa intensa y muy formativa, que me permitió conocer en profundidad distintas zonas, variedades, estilos de vino y maneras de trabajar.

Pero con el tiempo algo empezó a cambiar.

Cuanto más grande era la estructura, más lejos quedaba el origen. El viñedo, la parcela concreta, la decisión pausada. Todo funcionaba, pero el ritmo no siempre dejaba espacio para la reflexión ni para el detalle. Y el vino, cuando se quiere hacer de verdad, necesita precisamente eso: tiempo, atención y silencio.

Este proyecto nace de ese momento de claridad. No como una ruptura brusca, sino como una decisión madura. La necesidad de volver a un tamaño humano, a una relación directa con el viñedo y con cada vino. De recuperar una forma de trabajar más cercana a los primeros años de mi carrera, cuando el campo marcaba el paso y la bodega acompañaba.

La casa y el calado ofrecían justo lo que estaba buscando, aunque todavía no lo supiera del todo. Un lugar que obligaba a frenar, a escuchar y a tomar decisiones con calma. Aquí no había espacio para la prisa ni para la inercia. Cada paso tenía que estar justificado.

Este cambio no fue una huida ni un gesto romántico. Fue una elección consciente: poner la experiencia acumulada al servicio de un proyecto pequeño, exigente y coherente. Un proyecto donde cada vino pudiera pensarse sin compromisos y donde el error más grave no fuera producir menos, sino producir algo que no tuviera sentido.

Aquí empieza realmente La Cueva del Castillo. No como una bodega más, sino como una forma personal de entender el vino, el tiempo y el trabajo bien hecho.

El viñedo es el punto de partida. Siempre.

El vino nace mucho antes de entrar en una bodega, y todo lo que ocurre después solo tiene sentido si respeta lo que la viña ha sido capaz de expresar ese año. Por eso este proyecto no se construye alrededor de una finca única ni de una receta fija, sino alrededor del conocimiento profundo de parcelas muy concretas.

A lo largo de los años he tenido la oportunidad de conocer y trabajar cientos de viñedos en Rioja. Esa experiencia permite algo fundamental: distinguir entre viñas buenas y viñas verdaderamente singulares. No siempre son las más conocidas ni las más evidentes. A veces son parcelas discretas, otras veces viñas viejas, viñedos en altura, orientaciones más frescas o suelos que, durante años, pasaron desapercibidos.

Este proyecto se apoya en viticultores con esa misma inquietud. Personas que conocen cada metro de sus viñas, que observan, que comparan añadas y que entienden que no todos los años son iguales. No se trata de producir siempre, sino de interpretar correctamente cada cosecha.

El cambio climático ha reforzado todavía más esta manera de trabajar. Viñedos que durante décadas fueron excepcionales hoy sufren en determinadas condiciones, mientras que otros, antes secundarios, se han convertido en piezas clave para mantener equilibrio, frescura y capacidad de guarda. Eso obliga a replantearse decisiones cada año y a no dar nada por supuesto.

Aquí no se elaboran vinos todos los años.
Se elaboran vinos cuando el viñedo lo permite.

Cada añada se analiza por separado y cada parcela se valora de forma independiente. Solo cuando una viña concreta, en un año concreto, muestra algo verdaderamente especial, ese vino inicia su camino. Pero ni siquiera entonces hay garantías.

Aunque una parcela haya sido seleccionada, aunque el vino se elabore y se críe en este calado, existe siempre la posibilidad de que no vea la luz. La crianza también es un filtro. El tiempo en barrica y en reposo revela si ese vino representa de verdad el suelo del que procede o si se queda a medio camino.

Aquí no salen todos los vinos que se elaboran.
Solo salen los que, después de todo el proceso, son capaces de expresar con claridad su origen.

Los vinos que finalmente llegan a la botella son, en su mayoría, vinos de parcela y monovarietales. En determinadas añadas puede aparecer algún coupage tradicional, como guiño a la historia de Rioja, pero siempre desde el respeto al carácter del año y del viñedo.

Este proyecto no busca repetir vinos idénticos ni asegurar una continuidad comercial. Busca honestidad. Acepta que, a veces, el mejor trabajo es no sacar un vino, aunque todo el esfuerzo previo ya esté hecho.

Porque aquí el viñedo manda.
Y el tiempo decide.

La enología en este proyecto no empieza con una idea preconcebida, sino como una continuación natural de lo que ha ocurrido en el viñedo. No hay recetas fijas ni decisiones automáticas. Cada vino se plantea de forma individual, en función de la parcela, de la añada y de lo que la uva ha sido capaz de dar.

La vendimia se realiza de forma manual, en cajas, cuidando que la uva llegue entera y sin estrés. A partir de ahí, el trabajo en bodega busca respetar los ritmos naturales del vino. Las fermentaciones son lentas, tanto en blancos como en tintos, sin prisas y sin forzar extracciones. No se trata de imponer un estilo, sino de permitir que el vino se exprese con claridad.

Una vez terminada la fermentación, el vino pasa a la madera. La elección de barricas no responde a una moda ni a un perfil aromático buscado de antemano. La madera es una herramienta, nunca el objetivo. Se utilizan principalmente barricas de roble francés, en distintos volúmenes, ajustando tiempos y formatos según el carácter de cada vino. Hay crianzas más cortas y otras más largas, pero siempre con la misma premisa: que la barrica acompañe sin tapar.

Durante todo el proceso el vino se cata de forma regular. La cata es la herramienta principal de decisión. No hay compromisos previos ni calendarios cerrados. Aunque un vino haya sido elaborado con todo el cuidado posible y proceda de una parcela muy interesante, puede llegar un momento en el que se decida que no continúa. La crianza, igual que el viñedo, actúa como filtro.

Antes del embotellado, los vinos descansan en ánforas durante un tiempo. Este paso no busca marcar un perfil concreto, sino aportar estabilidad y permitir que el vino se asiente sin interferencias. Es una transición tranquila antes de la botella.

El embotellado no es un final, sino un paso más. A partir de ahí comienza una etapa igual de importante: el reposo en botella. Estos vinos no están pensados para ser abiertos de inmediato. Necesitan tiempo para encontrarse y para mostrar todo lo que llevan dentro. Son vinos concebidos para evolucionar durante muchos años, con una vocación clara de guarda.

En esta bodega no manda el calendario, ni el mercado, ni la urgencia.
Manda el vino, y se le da el tiempo que necesita.

En este proyecto el tiempo no es una consecuencia.
Es una decisión.

Después del embotellado, el vino no se considera terminado. La botella no es un punto final, sino el comienzo de una fase tan importante como la crianza en barrica. Aquí el vino necesita silencio, estabilidad y años para encontrar su equilibrio definitivo.

Estos vinos no están pensados para ser abiertos nada más salir al mercado. No buscan impacto inmediato ni facilidad. Están concebidos para evolucionar, para cambiar con el paso del tiempo y para mostrar distintas caras a lo largo de su vida. Por eso se trabaja siempre con la idea de guarda, con la convicción de que un vino debe ser capaz de sostenerse durante muchos años.

El tiempo en botella es también un filtro. Hay vinos que crecen, que ganan profundidad y complejidad, y otros que simplemente se mantienen. Esa evolución forma parte del proyecto y se acepta como tal. Aquí no se persigue una foto fija, sino un recorrido.

El objetivo no es hacer vinos que se entiendan en el primer sorbo, sino vinos que se recuerden con el paso de los años. Vinos que, cuando se abren tiempo después, sigan teniendo sentido y sigan hablando del lugar del que proceden.

Por eso el tiempo no se gestiona.
Se respeta.

Todo lo anterior solo tiene sentido si se refleja en la copa.

La cata no es un ejercicio técnico ni una demostración. Es el momento en el que el vino habla por sí mismo y pone a prueba todo lo que se ha contado antes: el lugar, el viñedo, las decisiones, la espera y el tiempo.

Aquí no se busca convencer a nadie. Se prueba el vino en silencio, se observa, se deja evolucionar en la copa. Cada uno lo interpreta desde su experiencia, pero hay algo que debe estar presente desde el primer aroma hasta el final de boca: coherencia.

Si el proyecto es honesto, el vino lo demuestra.
Si el viñedo ha mandado, se percibe.
Si el tiempo ha sido respetado, se nota.

La cata es el cierre natural del recorrido, pero también es su principio. Es la forma más directa de entender por qué este lugar existe y por qué los vinos que nacen aquí no buscan ser fáciles ni inmediatos. Buscan decir algo, incluso cuando pasan los años.

A partir de aquí ya no hacen falta más palabras.
El vino completa el relato.

Rubén Provedo, bodega en Labastida (Rioja Alavesa)
Una experiencia inolvidable en Labastida (Rioja Alavesa)
Rubén Provedo
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