Mi relación con el vino no empezó en una bodega. Empezó en un entorno donde todo se medía, se comprobaba y se repetía hasta entender por qué ocurría cada cosa.
Después de terminar Químicas entré a trabajar en L’Oréal, en el departamento de I+D. Fueron casi tres años muy formativos, en los que adquirí una base que todavía hoy define mi manera de trabajar: método, control de procesos y respeto absoluto por el detalle. Allí entendí cómo se diseña un proceso productivo, cómo se controla una variable y cómo se toman decisiones técnicas cuando no hay margen para el error. La industria no permite intuiciones sin respaldo: todo debe tener una razón.
Paralelamente, fuera del horario laboral, empecé a ir al campo. En una pequeña bodega de Aranda de Duero comencé a colaborar implantando un laboratorio y desarrollando estudios de viñedo. Al principio eran trabajos sencillos —observación, muestreos, ensayos básicos—, pero para mí supusieron un descubrimiento. Por primera vez veía cómo una decisión en el viñedo tenía un efecto directo, medible y real en el vino. El vino dejaba de ser una idea romántica para convertirse en un sistema vivo, complejo y fascinante. Aquello fue decisivo: pedí una excedencia y me especialicé en Enología. A partir de ahí, ya no hubo vuelta atrás.
Numanthia fue mi primera gran bodega y una escuela determinante. Llegué a un proyecto extremo, con viñedos viejos, rendimientos bajos y una exigencia técnica muy alta, pero también con una idea clara de hacia dónde quería ir. Allí entendí que el carácter del vino no está reñido con la tecnología cuando esta se utiliza con un objetivo preciso. Procesos que en aquel momento eran innovadores —como el despalillado grano a grano— no respondían a una moda, sino a la necesidad de lograr una selección extrema y una definición del vino imposible de otra forma. Esa etapa me enseñó que la tecnología no es el fin, sino la herramienta, y que innovar solo tiene sentido cuándo está al servicio de una idea clara de vino.
Tras Toro llegó Ribera de Duero, donde asumí la dirección desde el criterio técnico. Ya no se trataba solo de elaborar vino, sino de dirigir una estructura completa: producción, procesos, viñedo, graneles y decisiones con impacto económico directo. La técnica dejó de ser un departamento para convertirse en el eje de la bodega. Rauda era una cooperativa con una larga historia y fuertes inercias, lo que exigía ordenar, medir y controlar con rigor. Con el tiempo, los procesos se estabilizaron y los vinos ganaron coherencia. Rauda me enseñó que dirigir una bodega no consiste en imponer una visión, sino en ordenar una realidad compleja y hacerla funcionar desde el conocimiento técnico.
Tobelos marcó trece años de mi trayectoria, y eso cambia completamente la forma de trabajar. Allí no se trataba de decisiones puntuales, sino de construir identidad. En un momento en el que muchas bodegas ponían el foco en vinos de autor o de parcela, entendimos que el verdadero espacio de diferenciación estaba en el vino crianza, concebido no como una categoría genérica, sino como un vino con diseño propio, coherente y reconocible. Aquello supuso una pequeña revolución en Rioja y convirtió al crianza en un vino de referencia por su regularidad y personalidad. Tobelos me enseñó que crear un vino sólido no consiste en acertar una vez, sino en saber repetir el acierto sin perder el sentido.
Durante esos años, y gracias a un acuerdo con la bodega Tobelos, comencé a realizar vendimias en el hemisferio sur: Chile, Argentina, Nueva Zelanda y Sudáfrica. Al principio lo hice por inquietud técnica; después, por necesidad personal. No buscaba que me explicaran cómo se hacían las cosas, necesitaba vivirlo: trabajar en el viñedo, tomar decisiones y comparar realidades. Fue una etapa exigente, pero profundamente transformadora. En esos viajes se afianzó mi interés por las microvinificaciones y por el vino blanco, un territorio todavía lleno de posibilidades en Rioja.
El paso a Bodegas Franco Españolas supuso enfrentarme a una bodega centenaria en un momento decisivo. Era necesario rehacer su base técnica para garantizar su continuidad, revisando procesos, ingeniería y equipos, y reinterpretando los vinos clásicos con una mirada contemporánea. Fue una etapa de enorme aprendizaje que me obligó a entender el vino desde una perspectiva histórica, técnica y empresarial al mismo tiempo. Entendí que respetar una bodega con historia no es repetir el pasado, sino darle herramientas para seguir construyendo su futuro.
Después llegó Pagos del Rey, donde asumí la dirección técnico-gerencial de las bodegas del grupo en Rioja, Ribera del Duero, Rueda y Toro. Un proyecto de gran escala que supuso uno de los mayores retos de coordinación y gestión técnica de mi carrera. Esa etapa cerró el círculo: me permitió confirmar hasta dónde podía llegar en estructuras complejas y, al mismo tiempo, identificar con claridad qué era lo que realmente quería preservar.
Hoy desarrollo mi actividad como asesor independiente, colaborando con bodegas que buscan rigor técnico, criterio enológico y una visión integral del vino. Esta labor convive con mi proyecto personal, La Cueva del Castillo, donde aplico todo lo aprendido en una forma de entender el vino a escala humana.